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Nacionalismo y universalismo by Aurelio de la Vega
En 1934, EL PÚBLICO DE LA HABANA OYÓ EN VIVO, POR VEZ PRIMERA, la Cuarta Sinfonía de Brahms, cortesía de la recién formada Orquesta Filarmónica bajo la dirección de Amadeo Roldán, quien tres años antes había retornado de París y de sus estudios en la capital francesa, y arribaba a Cuba lleno de «nuevas y peligrosas» ideas musicales. En Europa, Roldán bebió mucha agua en los ríos Stravinsky y Bartók, tomó parte en las fiesta de Los Seis, ojeó el manuscrito del Concierto para clavicémbalo de Falla y se sentó a la mesa de Casella y Malipiero. Retornando a la patria de origen, se topa con la atm&oactute;sfero simplista, tornasolada, inocua y cómoda de la música de salón a lo pianobar, que inhalaban a pulmón lleno las elites sociales habaneras, y oye a la Orquesta Sinfónica de Gonzalo Roig tocando para un público que devotaba zarzuelas de Lecuona, se extasiaba con la suite de Cecilia Valdés, se bamboleaba con valses de Strauss y se excitaba con las marchas pomposas de Elgar--de vez en cuando oyendo en pose de transfiguración una Traviata o una Lucia de cuarto orden. |
Roldán hace estallar petardos cada vez que sube al podio de la Filarmónica. Cuba se enfrenta de pronto con los ritmos sincopados de Stravinsy, oye atónita la Suite de danzas de Bartók, y sufre simbólicos ataques de corazón al arrostrar la nueva música sinfónica italiana, tan sacrílega y tan odiosa en su obsesión de demoler el templo santificado de la trilogía Donizetti-Verdi-Puccini. Roldán es denunciado, criticado, insultado y cricificado, pero permanece firme. La semilla que ha plantado echa raíces. Muchos años antes, el heroico Guillermo Tomás, con su Banda Municipal a cuestas, había tratado de sembrar el arbusto alemán en la Cuba tropical y bailadora, tocando por vez primera en La Habana, en arreglos propios, música de Wagner, de Max Reger y, nada más y nada menos, que Así hablaba Zaratustra de Strauss--el poema sinfónico famoso que sólo tenía doce años de nacido cuando Tomás realiza su estreno cubano. En aquel tiempo anterior a la Primera Guerra Mundial los cubanos simplemente ignoraran a Tomás, a quien consideran un lunático simpático. Treinta años después, Roldán gana la batalla: tiene sequidores, y después de su muerte y de la desaparición de su coetáneo García Caturla, José Ardévol--el catalán que se establece en Cuba y funda el Grupo de Renovación Musical--hereda el legado y, con la Orquesta de Cámara de La Habana, continúa el bombardeo, tocando más Bartók y más Stravinsky, develando a Milhaud y a los Halffter, y haciendo posible el debut local de Villa-Lobos, Chávez, Copland, Henry Cowell y otros muchos. |
A partir de los años cuarenta, el patio está listo para una segunda batalla--la primera parcialmente ganada por el triunvirato Roldán-Caturla-Ardévol contra las huestes do los Lecuona Cuban Boys y Compañía. Esta segunda escaramuza, que alcanza casi de inmediato categoría de gran guerra, se va a librar entre los propulsores del nacionalismo, en sus varias formas y colores, y aquellos que pretenden insertar a Cuba en las corrientes universales de la música de arte contemporánea, más allá de exotismos y del tremolar de banderas. |
Pero mientras las grandes usinas de la civilización occidental--Francia, Italia, Alemania, y en menor escala, Inglaterra--logran emocionantes conquistas intelectuales y producen creaciones artísticas de gigantescas proporciones durante los períodos Clásico, Romántico y Contemporáneo--tiempo en que la música se libera finalmente de todo vestigio de ancla utilitaria para convertirse en una entidad creativa, capaz de promulgar sus propios parámetros técnico-estético-espirituales--, las nuevas naciones (de Noruega a México, de Argentina a Checoslovaquia, pasando por Cuba) luchan por encontrar un identidad musical. Incapaces de emular, con carácter original sui generis, la creación de formas, de discursos armónicos, de lenguajes estructurales musicales, de paletas orquestales y tímbricas, o de cualquiera otra de las parafernalias espléndidas que informan la música de arte occidental, estos nuevos países se refugian en el folklore musical nacional, con sus cortas y repetitivas proyecciones melódicas, o en otras formas sonoras de carácter bailable, que producen fácil e instantánea aprobación. En el caso de los países de las Américas, con inclusión de los Estados Unidos, los ricos patrones rítmicos importdos del África a través de los esclavos negros--en muchos casos enriquecidos y transformados totalmente mediante metamorfosis fascinantes, del ragtime al mambo, de la rumba al jazz, del joropo al tango, del son a la samba--se convierten en refrescantes y bienvenidas formas de identidad nacional dentro del marco de la música popular. |
En España, con la aparición de Albéniz y Granados y luego con Falla y los que le rodearon, las cosas mejoraron un poco y, aunque estos compositores se sintieron muy cómodos con la fórmula nacionalista, se retomó una tradición de música clásica que se había perdido, casi por completo, desde fines del siglo XVIII. Habrá que esperar a la generación de la Segunda Gran Guerra (Luis de Pablo, Bernaola, Cristóbal Halffter, Marco y otros) para observar el mismo afán--nacionalismo versus universalismo--que va a tener lugar en Cuba, en plena mitad del siglo XX. |
A mediado de la década de los cuarenta, coexistiendo con la fundación del Grupo de Renovación, de compositores, Julián Orbón y yo, Aurelio de la Vega, propusimos a través de nuestras composiciones otro tipo de música que también formase parte del incipiente movimiento de música clásica cubana, pero cuyo horizonte fijaba la vista en lo universal, más allá de las fronteras estéticas nacionalistas. Pronto, Orbón y yo divergimos y nos embarcamos en nuestra aventura creativa por rumbos diferentes: él se adentró en sus raíces españolas, con su carga de fuertes tradiciones musicales, abrazó el misticismo del canto gregoriano, exploró el exquisito mundo sonoro del tardío Renacimiento español, y se sintió cómodo con el lenguaje armónico del eje Stravinsky-Bartók-Falla-Villa-Lobos. Más allá de sus prodigiosas obras orquestales, su excelente mano de obra musical (muy superior a la que exhibían los compositores del Grupo de Renovación) y su oído maravilloso, que creaba excelentes conglomerados sonoros, Orbón permaneceió siempre anclado en el mundo armónico-formal de la música española de las tres primeras décadas del siglo XX. |
A pesar de todo, la Cuba de los años 50 era culturalmente prodigiosa. En ese mar efervescente nadaba yo solo pero a gusto pues, aunque intuía que clamaba en el desierto, había muchos oasis portentosos donde saciar la sed. Grandes escritores trabajaban intensament; Orígenes, pese a su barroquismo y a su difuso proselitismo religioso y limitador, elevaba la cultura cubana a cimas espectaculares, de altura inédita; poetas como Lezama, Virgilio Piñera y Baquero inundaban los ríos literarios con luces deslumbrantes; los pintores estaban concibiendo un grupo de obras vívidas, explosivas y de brillo culminante dentro del panorama de la pintura de América Latina; arquitectos como Nicolás Quintana y Ricardo Porro cambiaban el perfil urbano de La Habana, situándola a la altura de una Europa aún pujante, y los compositores libraban sus batallas apasionadas creando obras que, de un modo u otro, daban la espalda, por vez primera en Cuba, a toda la música de salón y a toda la panoplia musical cabaretera tan en boga. En ese escenario exploté mis bombas. |
En época reciente, en lo musical, hay dos grandes versiones operantes: un nacionalismo comercial supercapitalista que crea una industria discográfica multibillonaria, con asiento en el cine y la televisió y que explota las formas más crasas y vulagares para sus ganancias orgiásticas, y un nacionalismo totalitario socialista, benévolo o feroz, que controla las masas mediante la manipulación política del popularismo musical. En un caso u otro, el nacionalismo musical, en su forma más primitiva y efectiva, mantiene la mente colectiva entretenida con un perenne divertimento que va de la marcha a la danza callejera, del paisaje vocal fácilmente reconocible a la oscilación de caderas y al bamboleo de brazos y cabezas. La corporación y sus tentáculos y el caudillo totalitario (dos caras de igual moneda, activas en tantos rincones del siglo pasado y del presente), han ofrecido sus soluciones redentoras y paternalistas con la ayuda de nacionalismos bien manipulados. Cuando la vertiente caudillista se embriaga de poder los resultados son eminentemente más siniestros y se despoja, se controla, se aterroriza, se encarcela y se ejecuta a cualquier opositor que cuestione el procedimiento implantado. Por este camino, los nacionalistas feroces de los últimos ochenta años han tallado un torso crujiente, sanguinolento, robótico, orwelliano y destructor sin precedentes. Por ello, para una democracia corrupta o para un totalitarismo ilimitado el gran enemigo sigue siendo el Universalismo, el cual pone fuera del juego, a lo Heberto Padilla, al ciudadano que abre la ventana y se le ocurre pensar en un paisaje abstracto, sin límites, que lo libere de la rutina visual comercial o controlada; que insiste en creer que Chopin o Luciano Berio tienen más misterio sonoro que Ricky Martin y sus fulgores o que producen Más riqueza anímica que los tambores alcoholizados de la comparsa de turno; que se obstina en leer a Chesterton o a Nivaria Tejera en vez de arroparse con novelas rosas o mesmerizarse con reiteradas arengas políticas. En la Cuba de los 50 los preludios a un porvenir que cerrará fronteras no se intuían aún, pero queda como dato histórico la batalla que se libró entre los dos ismos que no ocupan, como se el pórtico, pronto a abrirse, estuviese guardado por ángeles y demonios prestos a ganar o perder la próxima conflagración. |
Resumiendo: la música de arte cubana--la llamada peyorativamente «música clásica cubana»--estaba viva en la Cuba de los 50; permanecía aislada y bastante ignorada, aún por la gran mayoría de los intelectuales cubanos, que la consideraban mayormente incomprensible, quienes jamás supieron darle el apoyo que merecía; presentaba una encantadora y a la vez dramática dualidid: nacionalismo y universalismo; y fue testigo y parte activa en lo que respecta a germinación de mis locamente revolucionarios postulados musicales técnico-estéticos. Medio siglo más tarde alguna de la música clásica cubana de la década de los 50 todavía goza de buena salud. Personalmente, compruebo con tristeza que mis obras más importantes han sido compuestas fuera de la tierra natal, debido a las barreras políticas y eséticas. Por fortuna han tenido una existencia triunfante, subrayanda por miles de audiciones, multitud de ediciones y grabaciones discográficas comerciales, recibiendo honores, premios y reconocimiento público. Muchas han sido objeto de estudios muicológicos y tesis doctorales, han sido acogidas con aplauso y han recibido sinnúmero de interpretaciones por el mundo entero. A pesar de todo lo bueno y positivo que rodea me creación musical siento pesadumbre por no haber vuelto nunca a la Isla, excepto por seis meses a principios de 1959, y siento igualmente la pena de ver que me música es aplaudida y admirada por un mundo «ancho y ajeno», donde Cuba es sólo un nombre, mientras todavía mis compatriotas debaten si mi obra es cubana o no, si debe tocarse o no tocarse en Cuba, si es finalmente valiosa e históricamente importante o si permanece siendo desconcertante e inherentemente enigmática. Lo que cuenta, a la postre, es que está hecha, y que espero con confianza la justificación personal de la promesa que me hice a mí mismo hace ya muchos años: la de escribir una música que sea tan buena, tan estéticamente refrescante, tan válidamente revolucionaria, tan universal, que refleje siempre, maravillosa y positivamente, la magia de la cultura cubana. |
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